venres, 13 de novembro de 2015

El conejito y el temporal

Aquel conejito sabía que la tormenta pasaría, que lo único que podría hacer sería dejar que la poca luz que el sol arrojaba entre los nubarrones entrase por la puerta de su madriguera.
                No sabía en qué momento había comenzado aquel temporal, si fue de golpe o si las nubes se habían ido acumulando a los pocos, si había chispeado previamente o de repente comenzaron a caer los calderos de agua que ahora estaban empapando su bosque. No era la primera, ni la vigésima vez siquiera que aquello pasaba, por eso la tranquilidad estaba de su lado; tiempo es la solución para los fenómenos incontrolables. Todo pasa y nunca llovió que no escampara, pero reclusión en su pequeño agujero era lo que le quedaba de momento. No podría dar brincos los siguientes minutos, tal vez horas, incluso había llegado a vivir esa situación durante días.
                Espera ansioso que se disipe la tormenta, aquel gazapo había aprendido que el sol brilla con mucha más fuerza cuando consigue lucirse tras haber sido ocultado, como si tuviera la necesidad de fanfarronear, que  las flores recién regadas se muestran bellísimas cuando las tocan los rayos que consiguen hacerse hueco entre las nubes y van poco a poco ganándole la batalla a la oscuridad.

                El conejito lo veía todo gris, hasta la flor más coloreada sólo parecía de distintos matices comprendidos entre el blanco y el negro en ese momento, pero él sabía perfectamente que aquel bosque no era así, que algo ajeno a él lo estaba oscureciendo en su visión,sin darle siquiera la posibilidad de hacer algo por evitarlo más que dejar que pasara; la paciencia era una virtud que había ido adquiriendo a base de chaparrones, confiaba en que sería muy pronto cuando volvería a ver todos los colores escondidos, que podría saltar el arcoíris que aparece tras parar la lluvia.

martes, 20 de outubro de 2015

Escleroversario

Hoy no traigo una fábula, ni un cuento, ni una conclusión, ni ninguna mentira de las que acostumbro últimamente a colgar en este blog, hoy os traigo un recuerdo real. Dudo que mucha gente se acuerde de qué estaba haciendo el 21 de octubre de 2014, yo sí, estaba ingresada en un hospital, fue el día en que lo que me estaba trastocando la vida tuvo nombre, fue el día que me dijeron que tenía esclerosis múltiple.
                Entera me mantuve cuando oí su nombre, era como un cristal astillado en cientos de miles de pedazos, un cristal astillado a través del que se podía ver una silla de ruedas. La primera idea que se me pasó la cabeza, la primera idea que duró lo que a mí me pareció una eternidad. Lo siguiente que me dijeron fue que me iban a hacer una punción lumbar, fue como si una mosca se hubiese posado en aquel desquebrajado cristal y todas las pequeñas piezas que lo formaban se cayesen sin dejar rastro de integridad alguna. Comencé a llorar, creo que en mi vida lo había hecho con tantas ganas, podía saborear las lágrimas ya que necesitaba coger aire por la boca para no ahogarme; nunca había sentido que la vida pudiese ser tan injusta, jamás se me había pasado por la cabeza que eso me pudiese ocurrir a mí y sobretodo pensaba, ¿por qué yo?
                Llegaron los consuelos; que podría llevar una vida normal, que estábamos en 2014 y la medicina había avanzado mucho en este campo, que ya sabía que eso podía ser, que estaba respondiendo bien a los corticoides... . Como quien oye llover, yo seguía llorando. Ira, rabia, impotencia, tristeza… todos esos sentimientos indeseables que por fortuna solemos tener por separado, se cocían en mi interior. Sólo quería gritar y llorar, y eso estuve haciendo durante mucho rato, horas, hasta que se me acabaron las lágrimas, hasta que me escocieron los ojos. En ese momento no sabía qué hacer, estaba desahogada y ya no era capaz de seguir llorando, única medida que había tomado hasta el momento, y decidí aferrarme a las palabras que había dicho la neuróloga mientras parecía que no le hacía caso. No me las llegué a creer de todo, nunca había estudiado nada de la enfermedad, no sabía qué era exactamente, la conocía como la enfermedad de la silla de ruedas, pero pese a eso empecé a pensar en que me gustaría aprovechar al máximo todo el tiempo que me quedase.
Ahí empezó un brote distinto al que estaba padeciendo, un brote de optimismo y positividad, un brote que siguió y sigue creciendo.
Tras el tiempo que pasé llorando ningún médico se acercó a mi habitación a decirme que había conseguido disolver en agua salada la enfermedad, había que abordarla de otra manera, empecé a leer, a conocer, a aprender y por lo tanto empecé a acostumbrarme, a perderle el miedo, a volver a vivir. No fue un proceso fácil, no sabría decir cuánto fue exactamente el tiempo que me llevó, pero lo conseguí.
He aprendido mucho en el último año, dicen que los golpes son una buena manera de memorizar, las heridas y las cicatrices son una marca de las lecciones aprendidas y yo tengo una resonancia llena de ellas que avala que así ha sido.

mércores, 7 de outubro de 2015

La oruguita

-¡Bien niños! Esto es muy fácil, coged las 6 agujas de calcetar con vuestras patas útiles y comenzamos. Cogemos el hilo de seda lo enrollamos a 3 de las agujas, pasamos una vuelta bajo el nudo hecho con ayuda de la tercera pseudopata, pasamos de nuevo el hilo por la segunda aguja mientras con la cuarta pata útil pasamos el hilo por dentro del bucle…- aquella mariposa hablaba rápido, pero trabajaba aún a mayor velocidad. Había algo peor para la oruguita de la tercera fila que no ser capaz de seguir a la maestra que le habían asignado, era ver como todos los demás sí que la entendían, seguían y habían comenzado a cubrirse con la crisálida.
Sus patas eran torpes, su coordinación peor aún, su angustia no paraba de crecer; cuando se dio cuenta se encontraba rodeada de un montón de larvas. Allí estaba ella, sola. La mariposa no lo había explicado mal, ella era la única que no la había entendido y se encontraba rodeada de un montón de pruebas de que así era. ¿Por qué ella no había sido capaz?
Aún así insistió, intentó de todas las maneras posibles tejerse la cubierta. No lo conseguía. Sólo alcanzaba a hacer pequeños trozos con agujeros gigantescos, nudos que obligaban a reiniciar la labor, problema tras problema se colmó el vaso de su paciencia, soltó las agujitas y rompió a llorar sin consuelo alguno. Se alejó de allí, no quería ver el último paso de la metamorfosis de sus compañeras, ver como todas volaban mientras ella continuaba siendo un rastrero insecto. Por un alto tallo comenzó a subir, y a subir, y a subir más, hasta encontrar una hoja de su agrado y sobre ella se enrolló y continuó llorando hasta que su llanto se convirtió en sollozo, hasta que ya sin lágrimas sólo conseguía gimotear. En este momento fue cuando escuchó “Oruguita triste, ¿qué te pasa?” una voz desconocida y con un acento peculiar se dirigía a ella. Levantó su rechoncha cabecita y vio una colorida mariposa batiendo sus alas enérgicamente. Nunca había visto ninguna igual, no era de su especie, ni tan siquiera de su zona por lo que fijamente la analizó en silencio.
-¿Por qué lloras oruguita?- Volvió a pronunciar la mariposa.
-¿No es evidente? Mira en qué época estamos y cómo estoy aún, no podré volar.
-¿Quién te ha dicho eso?- Preguntó extrañada la mariposa.
-Nadie, lo sé yo.
-Estupendo, porque no debes dejar que nadie te diga  jamás que no puedes hacer algo. Sólo nos falta hacer que entiendas que ni tú misma puedes decirte eso.
Como siempre las mariposas y su pedantería, sus aires de grandeza, su falta de consideración al no entender que no todos eran como ellas.
-¿Qué sabrás tú? Déjame –dijo la oruga con un tono que mezclaba ira y tristeza.
-Sé que me llevó 3 días aprender a tejer mi crisálida, vi la transformación de mis allegados; incluso pude ver como a un íntimo amigo lo atrapaban en un bote al poco de echar a volar, mientras yo lo envidiaba por aquellos escasos aleteos que había conseguido efectuar y que pensaba que yo nunca daría. Ni tú mismo te puedes limitar.
Cambió su estado, ya no lloraba, sólo sentía admiración. Su mirada quedó fijada en la mariposa y tras poner una cara de curiosidad la mariposa se dio por aludida en que debía proseguir con su discurso.
-No sé por dónde continuar, te he contado todo ya, pero tal vez en la simplicidad de los hechos encuentres el mejor argumento. Una hora, siete, sesenta, setenta y dos, qué más da, lo importante es que al final lo conseguí, con trabajo, sudor y lágrimas lo conseguí, al igual que lo lograrás tú si no arrojas la seda.
-¿Me ayudarás?- Preguntó con una ilusionada voz la rechoncha oruga mientras sobre sus colorados mofletones los ojos le brillaban.
-Te puedo echar un ala, pero tú y sólo tú puedes crear tu crisálida. Puedo darte algún consejo, pero la labor has de ser tú quien la ejecute.
Fue así como poco a poco la oruguita tejió bajo la supervisión de aquella mariposa su traje a medida, no fue una labor sencilla, hubo momentos de debilidad, hubo lágrimas, momentos de querer abandonar, pero finalmente lo consiguió. Cuando le faltaba poco para arroparse por completo y siendo consciente de que en breves habría un periodo de letargo, agradeció a la mariposa su apoyo y ayuda, incluso le preguntó que cómo podría devolverle el favor, a lo que la mariposa replicó: - Es sencillo, nunca digas a nadie que no puede hacer algo, y sobretodo nunca te lo digas a ti mismo. Costará más o menos, pero siempre podrás. Te dejo descansar, esas alas no van a nacer sin reposo, nos vemos en tu próxima fase, oruguita feliz.

Con una sonrisa más grande que sus futuras alas consiguió acabar de cubrirse, con mucho esfuerzo y tiempo, pero lo consiguió. 

martes, 25 de agosto de 2015

La cebolla hace llorar

El otro día me sucedió algo increíble, estáis en vuestro derecho de no creer lo que ahora os voy a contar, pero espero un acto de fe.
Se acercaba la hora de hacer la comida, así que me dejé caer por la cocina a ver qué se me ocurría, al abrir la nevera en busca de inspiración una cebolla pegó un salto desde su estante y salió corriendo usando sus decenas de raíces como patitas; la puerta de la cocina estaba cerrada así que se llevó un golpe que me dolió hasta a mí y la dejó inmóvil en el suelo (desconozco si las cebollas tienen buena visión, pero tras lo ocurrido imagino que no demasiado).
Cuando reaccioné me acerqué y la cogí con la mano, entonces con una aguda vocecita comenzó a gritar: ¡déjame marcharme, suéltame humana!
Yo no daba crédito ante una cebolla que me reclamaba la libertad, asustada la lancé a la mesa y me alejé quedándome pegada a la encimera; era una cebolla, lo sé, pero si había conseguido correr y pronunciar algunas palabras no sabía de qué más sería capaz aquella hortaliza.
Observaba atónita lo que estaba ocurriendo, la cebolla se acercaba a los bordes de la mesa y hasta parecía que intentaba medir la altura de ésta.
La situación era suficiente para asumir que había perdido el norte, pero lo siguiente que hice ya fue para encerrarme en un manicomio, alcancé decir unas palabras con voz temblorosa, fueron "¿Qué haces?"
-Quiero marcharme de aquí, el tomate me lo ha contado todo.- Su vocecita tenía un tono que mezclaba tristeza y rabieta.
Yo había llegado a un punto en el que no me importaba parecer un poco más loca si cabía, por lo que proseguí con la conversación.
-¿Qué te ha dicho? ¿Es por lo de que sois comida?
-No es eso, ser comida es un orgullo para nosotros; desde que estaba en la huerta hasta que me escogiste en la frutería yo no podía parar de entusiasmarme con la idea de formar parte de un plato. Cuando se lo conté al tomate el otro día, me dijo lo que iba a pasar, que te iba a hacer llorar cuando me cortaras.
La situación ya me parecía totalmente normal y estaba empatizando con aquella cebolla.
-Lo sé -le dije- no eres la primera, debes creerme cuando digo que me valen la pena unas lágrimas, me encantas- intenté consolarla.
-Pero yo no quiero molestar, me siento mal sabiendo eso.
-No sabes cuánto te entiendo... a mí me pasa mucho, doy problemas sin querer, pero he entendido que pese a todo me escogen. Yo podría haber comprado un puerro, por ejemplo, pero aunque me puedas hacer llorar un poco es más lo que me das de lo que me fastidias.
Me acerqué a la mesa, tendí la palma de mi mano en el borde y la cebolla se subió a ella.
-No te preocupes por nada, todo va a ir bien- dije para tranquilizarla mientras con mi dedo índice la acariciaba.
-Sólo espero tener un sabor delicioso y que tus lágrimas no sean en vano- habló por última vez.
-Simplemente tienes que ser como eres, por eso te escogí en su momento. Hoy vas a acompañar a la lechuga, tú sola, sin tomates entrometidos.
Saltó de mi mano y rápidamente se colocó sobre la tabla de madera, por fin había llegado su gran día.

Imagino que todos nos hemos sentido como ella alguna vez y no hemos visto más allá de los inconvenientes que podamos dar en momentos puntuales, olvidándonos de que pese a todo muchos quieren que sigamos aportando sabor a esa ensalada que es su vida.

martes, 18 de agosto de 2015

El pingüino y el charrán

Érase una vez un pingüino que como todos los de su especie, no podía volar; a diferencia de los demás, él se preguntaba por qué se había cometido esa injusticia con los suyos.
Mientras sus amigos y familia charlaban sobre cosas del Polo como la temperatura del agua, el estado del hielo o la pesca del día; él siempre sacaba su inquietud a conversación pero nunca conseguía respuestas, no era una preocupación para los demás.
No era infeliz siendo pingüino, pero se moría de envidia cada vez que veía algún albatros surcando el cielo.
Un día, mientras paseaba con su gracioso caminar encontró un pájaro posado sobre el frío suelo y como buenamente pudo corrió hasta donde se encontraba, iba decidido a pedirle lecciones de vuelo.
Llegó a su lado y se presentó, de la emoción disparó la pregunta sin que el otro ave pudiese haber abierto el pico siquiera, "¿podrías enseñarme a volar?"
El otro pájaro rio suavemente y se pronunció al fin: -Encantado, soy un charrán. Me encantaría poder enseñarte lo que me pides, pero es imposible por dos cosas, la primera es que eres un pingüino, podrías batir con toda la fuerza del mundo tus aletas y no conseguirías elevarte lo más mínimo; la segunda es que tengo un ala rota, yo tampoco puedo volar ya, todos los míos han migrado y no he podido seguirlos.
-Pero entonces...- comenzó a decir el pingüino.
-Sí -sentenció el charrán- son cosas que pasan.
Al pingüino le cambió la cara, sus ojos tornaron vidriosos y se llenaron de compasión mientras en sus adentros crecía la consciencia de su metedura de pata a la par que la culpabilidad.
El charrán percatándose de lo que por la cabeza de su interlocutor pasaba continuó hablando.
-Verás pingüinito, la vida es así, no elegimos lo que nos pasa al igual que tú no elegiste ser pingüino. Puedes hacer muchas cosas, a decir verdad siempre he envidiado como buceáis. Incluso podrías hacer un vuelo adaptado. He visto a otros hacerlo, has de buscar una pendiente de hielo que finalice en precipicio, si te deslizas por ella en el momento que caigas al agua sentirás como si volaras.
El pingüino sólo pudo pronunciar "eres muy sabio".
El charrán sonrió -he vivido y viajado mucho ya, ahora deberías irte, es tarde y estoy muy cansado...
-Será la última vez que te vea, ¿no?- dijo con tristeza el pingüino
-Sí, lo será, pero espero vernos mucho en tus recuerdos.
-Cada vez que vuele pensaré en ti.
Así cumplió su promesa, cada una de las muchísimas veces que se dejó caer al agua se acordaba de aquel pájaro, no sólo le había enseñado a volar, también aprendió a vivir con lo que le tocó, adaptándo a ello sus deseos.

luns, 3 de agosto de 2015

Carta abierta a mi EM

Hola compañera, en todo este tiempo he manifestado muchas veces lo que siento, lo sabes de sobra. Lo he pensado en mi cabeza, donde tú habitas, y sé que tú escuchas mi silencio.
Hace ahora un año comenzamos a coincidir mucho, estábamos destinadas a conocernos a fondo. Llegó entonces el día de la presentación, reconozco que tu nombre me hizo temblar más de lo que habías conseguido hacerme temblar hasta ese momento. Tras una invasión de pánico, llegó la aclaración; me hablaron en profundidad de ti, me explicaron tu forma de ser, me dieron las pautas para tratar contigo. Te encogieron, pero para mí seguías siendo muy grande y oscura.
Nos fuimos para casa, los gritabas a todas horas así que tu nombre y apellido retumbaban en mi cabeza, la que ahora tengo que considerar nuestra. Podía notar como te ibas durmiendo, estaba comprobando que no eras el gigantesco monstruo que parecías y cada vez tus alaridos sonaban más bajo. Fui aprendiendo a convivir contigo mientras vivo MI vida, esto sí que no lo comparto contigo por mucho que salgas de la parcela craneal.
Muchas veces aún me metes algo de respeto, pero ya no pánico, hace tiempo que se acabó tener a diario pesadillas contigo y al despertarme ver que sigues ahí (Pesadilla en EM street).
Durante toda nuestra historia sabes que has conseguido amargarme momentos en los que al final te sonreía, eres esa eficaz dura maestra a la que siempre acabas agradeciéndole la lección que has aprendido.
Me he hecho a la idea de que vamos a estar juntas lo que nos queda de MI vida, te he domesticado, y bien sabes que eres responsable de lo que domesticas (ves, si yo fuese El Principito tú serías mi zorra). Lo curioso es que ya no me imagino la vida sin ti.
No te voy a decir que me gustas, estaría mintiendo, pero sí te doy las gracias por muchas cosas; te odiaré siempre que te muevas, pero si no lo haces me pasarás desapercibida.
Si algún día decidieras marcharte, por mí no mires atrás, pero no te lleves contigo la sabiduría que aportas, es el alquiler que te pido.
Hasta aquí noquerida compañera, tengo la sensación de que te ha gustado, ha llegado a tus oídos como una nana. Descansa mucho.

mércores, 29 de xullo de 2015

Terrores y no repetir errores

Está siendo horrible, estos días siento mucho la enfermedad, lo suficiente para que el miedo me haya dado un toque en el hombro y al darme la vuelta me haya asustado aún más, veo como la tierra se eleva ligeramente, como si un pequeño tallo fuese a salir de ahí.
Es normal tener miedo, tan normal como inútil en mi caso, por lo que esta vez lo estoy gestionando de otra manera, si es lo que no quiero que sea, es y punto.
Tengo al neurólogo ya avisado, bastante más tiempo tardé en dar el paso la vez anterior.
He dejado de pensar en los síntomas cuando no tengo los síntomas, si hacen mucho ruido los oiré de todas todas, no pienso bajar la música y poner atención para escucharlos.
Me he consentido tener hoy el día de bajón con la promesa de que mañana es otro día y aprovecharé el buen tiempo que viene. Puede que me gane hoy una batalla, pero esta guerra es muy larga y no pienso perder la ventaja que le llevo.
No se puede huir de los problemas, menos de los que habitan dentro de ti, pero muchas veces si no les haces todo el caso que quieren son ellos los que se marchan.