martes, 1 de maio de 2018

No esperes a que pase la tormenta

¡Plas!¡Plas! Otro salmón que se escapaba, aunque aparentemente para aquel oso eran dos los pescados a los que había intentado echar la garra. 
Era una sensación extraña para un animal especialista en la pesca. No había pez que río arriba consiguiera pasar por delante de sus fauces y continuar el camino. Aquello no era lo habitual, sus garras tenían una sensación inusual, cuando las sumergía ni siquiera notaba el frío del agua, era como si no se estuvieran mojando. No tenía el pleno control del movimiento que lo caracterizaba, más bien una sensación de entumecimiento, como si se le hubieran quedado dormidas. Su vista estaba pasando una grave crisis también de la que no era tan consciente, pues en el momento de la caza él visualizaba dos peces, cuando en la realidad era sólo uno.
Como buenamente pudo continuó con su recolecta de reservas para pasar las semanas de frío e hibernación venideras durmiendo en su cueva. No fue una buena temporada en lo que a pesca y caza se refiere, pero tenía suficiente; para más para él todo aquello no era tan solo supervivencia, realmente disfrutaba pescando, por eso le preocupaba tanto sentir como iba perdiendo aquellas facultades. Asumía que aquellos problemas se pasarían cuando hubiera descansado largo y tendido, por eso aquel año deseaba que llegara la época de echarse a dormir y descansar.
Finalmente llegó el momento, se recluyó en su cueva cansado y fatigado, pero deseando volver a despertar para poder seguir haciendo su vida, sin aquella extraña sensación que lo acompañaba desde hacía un tiempo y que se había ido amplificando. Sin aquel cansancio que lo había podeído y que tan tranquilamente achacaba a todo lo activo que había estado, o intentado al menos.
Abrió los ojos en la oscuridad de su caverna y tras intentar desperezarse y sacarse la sensación de agarrotamiento inútilmente de su gran cuerpo se acercó a la entrada, el buen tiempo aún no había llegado, parecía que estaba peor que nunca, la lluvia y el frío aún no se habían disipado, por lo que decidió dar media vuelta y volver al calor del interior, dormiría un poco más hasta que aquello pasase. Y así lo hizo, prolongó su sueño unos días más.
Cuando volvió a despertar, la sensación de entumecimiento se había extendido a todo el cuerpo, de lo cual culpaba al exceso de tiempo inactivo que había pasado. Volvió a acercarse a la salida de su osera y no, el mal tiempo se había perpetuado; el sol  no hacía ni amago de asomarse, sólo lluvia, frío y viento. Pero él no agauntaba más, él necesitaba volver a la orilla del río a hacer lo que más le gustaba. Y no se lo pensó, sabía que necesitaba estirar sus patas, andar y correr. Con miedo al aguacero que caía puso la pata dudoso en el suelo mojado. No pasaba nada. Sólo era agua. No sabía cuánto tiempo duraría aquello, pero no dudaba al pensar que no podría pasar más tiempo bajo la protección de las piedras, se había dado cuenta de que tenía que aprender a vivir bajo la lluvia. 
Cuando se aproximó a la vera del río notó que sus facultades estaban mermadas, que su vista no estaba como debiera... y volvió a no rendirse, tendría que aprender a hacerlo en las nuevas condiciones y por eso entrenaba sin descanso, hasta que al fin consiguió atrapar un pez. No era fácil antes, por lo que ahora sería mucho más complicado, pero había conseguido atrapar al primero y no desistiría en su lucha por volver a ser de los mejores pescadores. Trabajo, esfuerzo y más trabajo; sabía que ese era el camino para poder continuar con lo que le gustaba. Pero durante sus intentos se percató de otra cosa. Faltaba mucha competencia.
De primeras le pasó desapercibido el hecho de que había muchos menos osos que de costumbre en la zona, ya que estaba muy centrado en volver al río y recuperar sus habilidades pesqueras. Cuando al fin se encontró con otro de los suyos le explicó que aquel tiempo había hecho que muchos no quisieran salir de la cueva. Se quedó perplejo, él se lo había pensado de primeras claro, pero era consciente de que no podía esperar continuamente a que la tormenta pasase, eso era algo que tendría que enseñarles a los demás.
Así lo hizo, siguiendo siempre el cauce del río para no alejarse de su pasión, se dedicaba a avisar desde las puertas de las oseras a los demás hibernantes que aquella tormenta quizá no pasaría nunca, pero que él había conseguido aprender a vivir bajo la lluvia, que eso era algo que todos podrían hacer. Su mensaje calaba, fueron muchos los osos que siguiendo su consejo se animaban a salir de sus cuevas, para vivir, para seguir haciendo lo que les gustara, por mucho que las condiciones no fueran las más favorables.
Mientras se dedicaba a pregonar su positivo mensaje ,él seguía entrenando en la pesca, era tal el esfuerzo que ponía en el asunto que llegó a ser incluso mejor de lo que era antes. Todo gracias a aprender a bailar bajo la lluvia. 


Y esta pequeña historia, como casi todas las que escribo está inspirada en una muy grande, la de Asier de la Iglesia, el jugador de baloncesto al que la EM se le puso delante en el camino y a base de trabajo, esfuerzo y más trabajo ha conseguido llegar a ser el MVP de la Liga EBA. Porque a muchos nos impulsa su ejemplo y nos impulsa todavía más lo que se llega a volcar con los demás y todo lo que hace por la investigación contra la enfermedad, como por ejemplo con estas pulseras y su bonito mensaje: 

3 comentarios:

  1. Tiaaa me ha encantado!!!! Ole ole felicidades

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  2. Otro de tus escritos. Fácticos. Y como dices, gracias a Asier de la Iglesia, por darnos una lección de esfuerzo y constancia. Y por hacer que tu mente haga otro cuento-fábula estupendo.
    Un besazo

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  3. Hola Paula, estoy escuchando tu entrevista en Ivoox y no puedo acabar de escucharla sin escribirte, espero lo leas.
    Soy José Antonio lo primero y comparto la misma compañera de viaje que tú desde hace ya 20 años y 2 semanas, si 20 años, y te estoy escuchando y como bien dices, como estaré dentro de 20 años, te cuento mi estado.
    Sigo trabajando, sigo andando, tambien lo primero que pense hace 20 años, fue la silla de ruedas, pero desde ese día que la diagnosticaron lloré tanto que creo que me seque y desde aquel día, además como tú bien dices, aprendí a apreciar todas las cosas mucho más, aprendí que hay que buscar de cada vivencia el lado positivo.
    Tengo ya 49 años, no puedo mentir verdad, y sigo trabajando y andando, aunque mi equilibrio no es tan bueno como me gustaría, creo que comenzaré a llevar un GPS (Bastoncillo) en nada.
    Mucho ánimo y sobretodo y aunque cueste a SONREIR.
    No tengo Blog pero si puedo ayudarte en algo, "compañera", no lo dudes.
    Un abrazo

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