Se había enfadado, aquella vida la estaba amargando; tener que escapar continuamente de algo que sin razón la perseguía, algo que ni tan siquiera era corpóreo como para poder dirigir su ira.
Se sentó sobre una piedra y rompió a llorar, con fuerza, con ganas e innegablemente con motivo.
Sentada y encogida sobre sí misma buscaba consuelo donde era imposible encontrarlo.
Sus manos le cubrían los ojos cuando notó como algo se posaba suavemente sobre una de sus rodillas. No se asustó en el momento, pues había sido con suma delicadeza. Al despejar las manos de la vista y ya con los ojos enjugados pudo ver que allí posado estaba el hocico de un perro con pelo blanco, de aspecto mullido. Como si una nube se hubiera quedado enganchada a la cima de una montaña y un trocito hubiese bajado por la ladera.
Al cruzarse sus miradas el perro comenzó a mover la cola en señal de alegría.
-Hola- dijo ella mientras lo acariciaba entre las orejas que algo había levantado al oír su voz.
Se sorprendió al no obtener respuesta, estaba acostumbrada a los atentados contra la lógica tras todos los vividos.
Poco tiempo más se quedaron como estaban. Levantó su cabeza y con un leve ladrido indicó que quería que lo siguiera. Así hizo ella. Se pusieron en marcha y como ella sospechaba, sin dirección.
Pasaron días caminando juntos, ella había observado que en su cuerpo lucía más de una cicatriz y que desde luego no era un cachorro. De hecho eran muchas las veces que terminaba el día con él en brazos buscando un lugar cómodo para dormir.
Los paseos eran amenos, aunque él se pasaba el rato parándose a olerlo todo, cosa que ella no soportaba, pero tampoco lo dejaba atrás, no se quería separar de aquel animal, así que un "vamos" salía automáticamente de su boca cada vez que olisqueaba algo.
-No hay prisa si no vas a ningún lado- respondió el perro un día, dejando sorprendidísima a la interlocutora.
-¡Puedes hablar!- afirmó efusivamente pero medio interrogando.
-Te has ganado mi confianza. Un perro viejo como yo ha vivido mucho... y lo he pasado muy mal, he conocido muchas casas, las calles e incluso la perrera. Aunque he vivido feliz los últimos años, por suerte fui adoptado por una familia que me quiso mucho, hasta he tenido hermanas.
-Y entonces, ¿por qué te has escapado de ahí? -Preguntó ella intrigada por lo que le contaba.
-Verás, como bien imaginaste cuando me conociste, formo parte de una nube, a la que he de volver ahora que ya tengo cierta edad. Me ha encantado conocerte, y comprobar otra vez que guardar odio y rencor a la vida de poco o nada sirve...
-Espera- interrumpió -¿me estás diciendo que te vas a marchar?¿Que no continuarás el camino conmigo? -Cuestionó con tristeza.
-Me temo que así es; pero he cumplido mi misión, cuando te conocí estabas llorando, triste y enfadada. Te he demostrado que así no se puede llegar lejos.
Tenía razón, había conseguido devolverla a su camino.
-Pero ahora te irás, y me pondré triste de nuevo.
-Pero tú ahora ya sabes que de nada servirá. Nos echaremos de menos, porque nos queremos. Pero lo que hemos aprendido el uno del otro no quedará solo en un recuerdo, permanecerá para siempre formando parte de nuestras conciencias. Siempre formaremos una pequeña parte el uno del otro.
Pasaron pocos días más y apareció la montaña por la que el perro debía seguir en solitario su camino.
-Es aquí -dijo.
Ella no pudo abrir la boca para despedirse, pues en el momento que lo hiciera las lágrimas volverían a sus ojos y su voz se quebraría.
Lo acarició por última vez y le dedicó una sonrisa triste, él aprovechando que ella estaba agachada, volvió a apoyar su hocico sobre su rodilla, acabando todo tal y como había comenzado. Se dio la vuelta y comenzó a subir por el sendero marcado.
Ella se quedó allí, viéndolo partir con su mirada empapada y una lección grabada a fuego.
Hasta pudo ver como se fusionaba con la nube, descansando sobre aquella enorme manta azul.
Y allí estaba ella, sabiendo que el dolor la acompañaría, pero que aquello no era motivo para no continuar.
...continuará...
Dedicado a Tulkas. Espero que el cariño que te llevas sea todo el que aquí falta.
martes, 29 de marzo de 2016
xoves, 25 de febreiro de 2016
No te pares III: La telaraña
La parada fue obligatoria, no fue
que sus energías se hubiesen desvanecido y mucho menos sus ánimos; pero aquella
obra de arte era digna de ser admirada. Una espesísima telaraña cubría los
huecos entre cuatro árboles.
Cientos de arañas se paseaban por
ella, por suerte aquellas gafas hacía que parecieran unos entrañables
animalitos de 8 patas, con brillantes ojos y aspecto de peluche; mejor no
sacarse aquellas lentes pues sabía que sin ellas aquella escena resultaría de
todo menos agradable.
Se podían escuchar los murmullos
de aquellos arácnidos y al acercarse más consiguió atender a sus
conversaciones, eran unos temas muy poco interesantes, el sabor de aquellas
moscas, distintos tipos de puntos y el puenting que algunas estaban
practicando.
En el último árbol unido por
aquella madeja se podía ver como una de ellas saltaba al que aún no había sido
tejido, y volvía, y retornaba al de origen, y volvía al que próximamente sería incluido
en aquella colección. Aquella araña era la artífice de la obra, y la curiosidad
es la curiosidad, vio necesario informarse de lo que allí acontecía.
-Buenas tardes-saludó.
-Buenas tardes, pero estoy muy
ocupada, no puedo hablar ahora- respondió apuradamente.
-Oh, es sólo una pregunta… ¿a qué
es debido este corte en el camino?
-Es evidente que para atrapar
moscas y alimentarme, ¿te crees que sólo tejemos para darle un aspecto
fantasmagórico a vuestras casas o que se note que os gusta menos la escoba que
a nosotras los insecticidas?- respondió tajante y con tono malhumorado-
Cortada quedó la muchacha ante
semejante respuesta.
-Pero… ¿no van a ser muchas
moscas para ti?- con voz dulce, amable y pacificadora lanzó esta pregunta.
-Pues evidentemente sí, pero es
que en el mundo no estoy yo sola, los míos también necesitan moscas. Y vete ya,
que me estás distrayendo.
-¿Me estás diciendo que tejes
para toda esa recua?
-Alguien tiene que hacerlo…- dijo
medio suspirando.
-Pero, ¿es que ellas no pueden?
-Algunas no, a otras es que no
les gusta y he sido incapaz de decirles que no…- cuatro lágrimas empezaron a
caer de cuatro de sus ojos.
Agarró a aquella araña (ojalá las
gafas mejoraran también el sentido del tacto) y ella revolviéndose agitaba
cuatro puños a la vez. –¡Maldita seas! Suéltame estúpida bípeda.- Sin lugar a
dudas carácter le sobraba.
-Soy más grande que tú, te guste
o no me vas a escuchar. No puedes hacer siempre lo que los demás quieran,
mírate, estás exhausta. Claro que deberás ayudar a quien lo necesite, en la
medida de tus posibilidades, pero no puedes consentir que recaiga sobre ti
tamaña responsabilidad. Mira para ahí, tus compañeras están divirtiéndose,
charlando y jugando. Recuerda siempre que lo primero eres tú, tu telaraña y tus
moscas. De ahí en adelante lo que quieras para ayudar a los demás, pero también
tienes derecho a catar un buen moscardón y lanzarte de la red abajo, que es lo
que he concluido que os encanta hacer. Hay tiempo para todo, si entre todas las
que podéis colaboráis no os faltarán moscas a ninguna.
Aquel
insecto tenía sus ocho ojos más abiertos que nunca, en todos los sentidos.
-Ahora
me falta decírselo a las demás…- se notó la cobardía en su tono.
-Tranquila
que de eso me encargo yo.- Le dijo mientras la soltaba de sus dedos pulgar e
índice para posarla sobre la palma de su mano- ¡Atención!- dijo esto último
levantando el tono para reclamar el caso de las demás- Vuestra amiga está cansada,
no puede continuar tejiendo ella sola, necesita también divertirse como
vosotras, y creo que no me equivoco si digo que entre todas las que sois podréis
continuar la obra que ella ha comenzado.
Se
escucharon murmullos del tipo “claro que sí” y “si se lo he dicho mil veces”.
-Ahora
la voy a dejar aquí, para que se entretenga con algo que no sea trabajo, así
que algunas deberíais ir al último árbol a continuar lo que ella ya ha
comenzado- rápidamente se movieron muchas de ellas a la zona de labor.
-Muchas
gracias chica- dijo con una voz totalmente diferente a la empleada en su
presentación.
-No hay
de qué, recuerda siempre que no podemos anteponer nada a nuestro bienestar, si
se puede ayudar pues bien; pero cuando no se puede no debes agobiarte tú por
ello.
-Me
gustaría hacer algo por ti- dijo.
Se dejó
caer desde su mano hasta sus pies, y comenzó a dar vueltas alrededor de ellos,
en un periquete tenía puestos unos calcetines.
-Llevaba
un rato viéndote las magulladuras en los pies, y en esto sí que te podía
ayudar. No me gustaría que te fueras sin un recuerdo de mí.
Se
sonrieron con complicidad y mientras una trepaba por la telaraña, la otra echó
a andar con sus pies protegidos para el camino que debía continuar.
…continuará…
luns, 18 de xaneiro de 2016
Insomnio, nervios y reflexiones
Se tumbó sobre la arena y pronto comenzó a notar como la ascendente marea rozaba las plantas de sus pies, como el mar que era su vida la iba atrapando. El ritmo no cesaba ni era lento, la masa marina la iba empapando. Sus piernas hacía tiempo que estaban totalmente sumergidas, por su cabeza seguía ascendiendo el agua. Le cubrió los oídos, ya no sólo escuchaba el mar rompiendo en la tierra, con sus orejas ya bajo el agua podía oír el ruido que generaba la arena y los guijarros moviéndose a merced de la marea. Llegó el momento en el que el agua cubrió sus ojos, impidiendo ver con nitidez la gigantesca cúpula que la cubría, ahora ya decorada con una enorme perla brillante capaz de emitir destellos que quedaban adheridos sobre el tapiz de terciopelo negro que era aquella noche. De los agujeros de su nariz había salido la primera burbuja cuando pudo escuchar un sonido distinto, no era creado por la resaca, venía de fuera, de arriba. Aquello sonaba como si quinientos millones de cascabeles estuvieran siendo agitados. El celestial sonido hizo que la incorporación fuera inmediata ;podía escuchar y ver mejor aquellas estrellas, podía escuchar las risas que emitían todas y cada una de ellas; aunque tal vez solo fuese una la que realmente estaba alegre. Se vio en la obligación de reír también, en la de permanecer siempre con la sonrisa en la cara, en la de no dejar que aquel mar que era su vida la hundiese por completo.
mércores, 30 de decembro de 2015
No te pares II. Optomismo
Despertó sobre su catre de hojas,
impregnada en rocío y pagando la factura del desgaste físico acumulado y la
poca confortabilidad de su lecho. El esfuerzo de sus piernas cansadas se había
transformado en dolor, como si cientos de cristales las hubiesen rellenado.
Cuando se puso en pie se percató de que el árbol con el que había mantenido una
conversación el día anterior no estaba ahí, no se sorprendió pues estaba
convencida de que aquello había sido un sueño o incluso una alucinación a causa
de la deshidratación y el cansancio.
Miró hacia todas partes, “¿y
ahora qué?” pensó. La respuesta era evidente, tenía que ponerse en marcha, no
se podía quedar allí, sola en mitad de ninguna parte, decidió que su destino lo
marcarían sus necesidades, siendo agua la primordial en aquel momento, por lo
que agudizó su oído para localizar de dónde provenía el sonido de agua
zambulléndose en agua, allí cerca tenía que haber una cascada.
Así echó a andar, cada paso le
producía dolor, pero aún tratándose de algo irreal las palabras de aquel árbol
la habían marcado. Hasta que tropezó. Pensó que se había debido a un flaqueo de
sus piernas, vio que su pie había chocado contra un montículo de tierra, como
si algo hubiera sido desenterrado. Lo vio claro, aquel árbol no había sido una
fantasía, era real, se había conseguido marchar de allí dejando un rastro de tierra
removida tras él. ¿Cuánto tiempo había dormido, y cómo de profundo había tenido
que ser su sueño para ni inmutarse ante los evidentes ruidos que aquel vegetal
había debido generar?
Al darse la vuelta para observar
mejor las oquedades evidentes a segunda vista, encontró algo brillante medio
soterrado. Enganchó una pequeña barra metálica y al tirar descubrió que se
trataba de unas gafas. Unas gafas espantosas, con rosados cristales tintados.
¿Serían de aquel árbol? La situación se volvería más extraña en el momento que
una aguda y chirriante voz le habló.
-Tss. Tú. Menos mal que te
encuentro aún aquí, hubiera incumplido la misión de esperar a que despertaras.
Ella miró hacia todos lados. El
sonido provenía de lo alto, por lo que buscó otro árbol antropomorfo, y mientras
su cabeza giraba continuó la vocecilla hablando.
-Aquí, detrás de ti, en la rama-
medio suspiró la ardilla que pronunció esta frase.
Se cruzaron sus miradas. Siempre
le habían gustado ese tipo de animalitos, aunque era la primera vez que se encontraba
con uno parlante, pero tras lo del árbol era de las pocas personas que podías
asegurar que la perfecta comunicación con roedores no era lo más impresionante
que había vivido.
-Bueno, veo que ya te marchabas,
menos mal, he estado lunas y soles aquí esperando a que abrieras los ojos y
justo lo haces el día que no me pueden traer las nueces y tengo que ir yo a por
ellas. Me han dejado instrucciones para ti, son sencillas; ponte esas gafas y
corre.
Un animal de pomposa cola le
estaba dando órdenes.
-¿Me entiendes si te hablo?-
preguntó ella insegura de que aquella frase fuera a tener una respuesta.
Asintió la ardilla, mientras
enganchaba la nuez que tenía a su lado con las dos manitas y le hincaba sus
pronunciados incisivos.
-¿Y el árbol que estaba aquí ayer?
¿Qué son estas gafas? ¿Tú por qué puedes hablarme y entenderme?- hubiera
seguido lanzando preguntas de no ser por la irrupción entre cuestión y cuestión
del animal.
-Calma, calma. ¿Eres consciente
de que esta nuez triplica el tamaño de mi cerebro? Déjame procesar. Verás, ayer
ese árbol ya no estaba ahí. Hace bastante que arrancó- soltó una molesta
risita, adecuada para la punzante voz que tenía- dejó ahí ese regalo para ti,
con el mensaje del que soy portadora de que te las pongas y corras. Lo de que
podamos mantener esta conversación lo entenderás a su debido tiempo, pero
resulta absurdo que me hagas esta pregunta a mí y no a un ser aparentemente
carente de corazón como es un árbol.
La pedantería de aquel animal le
resultaba un tanto insoportable. Pero decidió seguir el consejo. Se puso las
gafas.
Descubrió un nuevo mundo, el
lúgubre y sombrío bosque pasó a convertirse en un lugar digno de cuento
fantasioso, donde las copas de los árboles lucían unos llamativos y vivos
verdes, el suelo no era tierra, sino la más acolchada de las hierbas, podía ver
flores de todos los colores ornamentando el suelo, vio hacia la ardilla y ésta
tenía aspecto de dibujo animado, unos enormes y brillantes ojos negros, un par
de gramos más y una cola con un aspecto más suave y mullido.
-Está todo precioso.-Fue lo que
alcanzó a decir.
-De eso se trata, los cristales
de esas gafas están hechos para suprimir lo malo, para mostrarte lo mejor de
todo lo que a través de ellas veas. Y en este camino te hará falta; hay zonas
del bosque en las que incluso con ellas puestas el miedo te invadirá, pero sin
ellas sería inviable que consiguieras salir de aquí. De lo que te encontrarás
luego no puedo hablarte, pues es desconocido para mí.
-Si me encanta como se ve todo…
¿pero no tengo un aspecto absurdo con ellas? ¿Y si me ve alguien?
-Tienes puestas en la cara unas
gafas que te hacen ver las cosas en su mejor forma… ¿y te va a importar lo que pueda
pensar el resto?- Dijo el roedor mientras dejaba un momento de mordisquear la
cáscara de la nuez.
Se sintió estúpida. Aquella
ardilla tenía más sentido común que ella. Optó por no responder, no se podía
permitir quedar peor ante aquella situación.
-Hazme caso te ayudarán a
rebajarle dureza a la realidad, serán necesarias.
-¿Algo más que añadir antes de
que cumpla el último de tus avisos?-Preguntó, ansiosa por levantar los pies y
ver qué más cosas podría mejorar con aquella absurdez sobre los ojos.
-No, salvo tal vez recomendarte
que no te pares; y si te paran, recuerda que en tu ayer había un árbol donde
tus pies se encuentran ahora.
Miró sus pies, con aquellas gafas
no se veía ni un solo rasguño. Levantó uno, en cuanto tocó el suelo el otro lo
imitó, y así echó a caminar.
…continuará…
venres, 18 de decembro de 2015
Ejercicio de EMpatía
Abres los ojos, es la hora de la pastilla. Antes de levantarte
hay que hacer los estiramientos de piernas pertinentes, pues como todos los
días las piernas son las más dormilonas, y está demostrado que si las haces
levantarse sin estar preparadas te dejan vendida, vendida y en el suelo.
Vas al baño y desayunas, siempre en ese orden, pues si no
vas a estar pegando saltitos con las piernas pegadas desde que pones el primer
pie en la cocina, cosa que pasa cuando el baño está ocupado. Desayunas con
tranquilidad y te vistes, es la hora de ir al gimnasio, pero qué pereza, ¿no?,
si ya estuviste ayer, y anteayer, y la semana pasada… da igual, el resultado si
no vas repercutirá, y mucho, en las horas venideras. Antes de salir de casa
acuérdate de esperar un rato y “hacer ganas” vamos, que pases por el baño si no
quieres empezar a hacer deporte cargada con la bolsa del gimnasio corriendo
hasta allí.
Bueno, ya estás con tu modelito chandalero, empezamos con un
poco de cinta. Por suerte a primera hora hay poca gente por ahí, la gente te va
a mirar preguntándose qué hace esa tía con el pedo que lleva andando en la
cinta. Subimos velocidad y echamos a correr, curiosamente nos resulta más fácil
los primeros minutos, pero no todo va a ser tan bonito. A medida que te cansas,
tus ojos lo hacen más, se deben de aburrir de ver lo que tienen en frente y
deciden reducir la producción: “con que distinga un poco las figuras y los
colores le sobra”. En algún momento una de tus rodillas, o las dos, te va a dar
el aviso de que vayas parando, que en cualquier momento para de trabajar
también. Obviamente le haces caso y cambias de tarea tras haberte echado agua fría
en nuca, muñecas y sienes, y sentarte unos minutos, por la vista calibras
cuando estás listo para seguir. Continúas y te vas llevando pequeñas alegrías
relacionadas con tu mejoría; que si aguantas un poco más, que si tienes más
fuerza…. Acabas, estás totalmente machacado pero no fatigado, enhorabuena,
objetivo cumplido. Haces el cuarto-quinto y último pis en el gimnasio y para la
facultad, que el día no ha hecho más que empezar.
Llegas a la facultad tras haber usado muchas escaleras,
recurso arquitectónico del que nunca te podrás fiar al 100%, sobre todo si son
de bajada, tú echas un pie pero este está indeciso sobre si apoyarse en el
siguiente peldaño, lo ayudas agarrándote a la barandilla para obtener un plus
de seguridad, ya que hay veces que no le apetece bajar y decide dejar de
existir, tu tobillo o tu rodilla no está, tu pierna pasa a ser una avanzada
partida de jenga. Pasas por el baño antes de entrar al aula para no interrumpir
luego la clase, esto a veces sale bien y otras no. Comienza la clase, vas
atendiendo y siguiendo, estás cogiendo apuntes, pero la velocidad del profesor
es siempre superior a lo que tu cabeza puede procesar, te has quedado una frase
atrás de lo que está diciendo ahora, y ya no te acuerdas de cómo continuaba
aquella. Dejas el bolígrafo y te pones a intentar atender solamente, ya pedirás
los apuntes. A falta de 20 minutos para acabar, ring ring, te suena la alarma
del servicio otra vez, haces cábalas de si aguantarás lo que queda o no, la
clase está llena de gente, y te da vergüenza ser quien siempre interrumpe, sale
por la puerta en plena explicación y vuelve a los 3 minutos sin la cara de
angustia con la que salió; por lo que procuras aguantar y centrarte en la
clase, pues cuanto más piensas en ello más ganas te entran. Al acabar la clase,
pasas por el baño independientemente de si has salido o no antes, y te vas para
casa. Te sientas un buen rato en el sofá hasta hacer hambre, y aprovechas para
beber como si no hubiese mañana, pues llevas toda la mañana aguantándote la sed
para no ir todavía más al servicio.
Te haces la comida; pescado azul, pollo, pavo o totalmente
vegetal. Esto es opcional, pero si te dicen que es lo mejor procuras hacer caso
a todo este tipo de cosas. Comes. Qué sueño. Toca fregar. Estás deseando
tumbarte, o por lo menos estar sentado, no estar de pie delante del fregadero,
pero lo haces. Visita al baño antes de marchar y de vuelta a clase, la
asignatura no tendrá que ver en absoluto con la de la mañana, pero tú la vives
igual. Te pierdes, deseas que acabe, te frustra el folio que tienes delante
rematado con una frase a medias.
En función del día acabas a una hora o a otra, aprovechas
horas huecas que tienes para ver algo los apuntes que tienes de otro año, pues
con los tomados por ti no ibas a llegar lejos y menos a partir de las 5 de la
tarde, cuando ya tienes que leer cada frase 3 veces para encontrarle un sentido.
Acaba la jornada de facultad. Te vas para casa, has ido al
baño antes de salir obvio, pero debió tratarse de una de las famosas micciones
incompletas, vamos, se ha cortado cuando solo se habían vaciado tres cuartas
partes del depósito, una pequeña cantidad pero que hace sentir que está
completamente lleno, falta nada para llegar a casa y de tu cabeza no sale el “no
llego”, siempre acabas llegando, pero el malestar no te la saca nadie. Bendito momento el de llegar a casa, ponerte
el pijama, cenar para tomar la segunda pastilla y enganchar el sofá, llevabas
desde que abriste los ojos pensando en este momento. Se ha acabado tu día,
mañana será otro distinto, pero muy parecido.
Esto es lo que yo llamo la “base del día”, luego llegan los
extras, ir al supermercado, poner una lavadora, ir a tomar algo, pasear al
perro, escribir en el blog…
A lo mejor parece fácil; pero no, os aseguro que no.
Os animo a hacer este ejercicio de empatía, tal vez os ayude
a comprender mejor que no soy vaga, ni casera, ni sosa. Que simplemente hay
muchos días en los que no me da el presupuesto para añadirle extras, incluso
que hay días en los que no tengo ni la masa de la base, días de comer harina a
cucharadas.
18
de diciembre, Día Nacional de la EM.
martes, 1 de decembro de 2015
No te pares I
Corría, sin parar. Su respiración
ya se entrecortaba, el sudor resbalaba por su frente, las plantas de los pies
presentaban heridas y rasguños; al igual que una de sus rodillas, magullada
tras un tropiezo en el que topó el suelo.
No sabía cuánto tiempo llevaba
huyendo a la deriva, pero sí recordaba la sombra negra que pretendía engullirla
que le hizo echar a correr. Su indumentaria la delataba, no era la propia de
una persona que sabe que va a tener que correr. Un camisón de papel de los que
se ata a la espalda era lo que la cubría y ni tan siquiera iba calzada.
Tuvo que parar, no podía más. Sus
piernas fallaban y su respiración no aportaba el suficiente aire a sus
pulmones. En cuanto se detuvo se desplomó en el suelo, y desde ahí vio donde se
encontraba, el sitio al que había llegado. Era un lugar desconocido, se hallaba
en un sombrío bosque donde las espesas copas de los árboles impedían que los
rayos de luz se adentrasen; olía a naturaleza y humedad; los ruidos que se
escuchaban eran muchos aunque se acompasaban a la perfección. Parecía sin duda
un lugar tranquilo y no tenía la sensación de que nada la hubiese seguido hasta
allí. Tras un tiempo en el suelo recuperando el aliento, se puso en pie. Estaba
totalmente perdida, no sabía cómo había llegado hasta allí, pero tampoco sabía
si podía volver al lugar del que había escapado. Continuó andando, se sentía a
salvo y como no sabía a donde iba lo último que tenía era prisa. Su recorrido
no era un sendero marcado, se movía entre los árboles; sobre tierra, piedras y
raíces.
-¡Chica! ¡Chica!- escuchó. Miró
hacia todos lados, no había nadie a la vista. Se asustó, sin alarmarse, pues
sabía que aquella vocecilla no provenía de lo que había estado huyendo.
-¡Aquí! ¡Yo!- Vio un árbol
sacudiendo sus ramas, como si la estuviese llamando. Viéndolo así se dio cuenta
de que aquel árbol no era como todos los demás, era muchísimo más bajo; su
ramaje era escaso, sólo tenía dos largas ramas, una a cada lado; y en su copa
se podía ver como las hojas dibujaban una cara, un femenino rostro humano sin
duda.
Se acercó más al antropomorfo
árbol, mirándolo de arriba abajo, analizando cada uno de sus detalles; estaba
claro que aquella planta estaba más cerca de ser una persona que un árbol.
-Sé de qué estás escapando- dijo
el árbol con tono comprensivo- yo también he huido de ello, me cansé de escapar
y finalmente me atrapó, convirtiéndome en esto que ves, un ser anclado al
suelo. Pero no, no quiero verte esa cara- añadió al ver que los ojos de la chica
tornaban tristes, compasivos y asustados- he hecho muchos progresos, mira-
señaló al suelo con sus ojos y le mostró como era capaz de mover sus raíces,
dando unos pequeños pasos que las acercaron más-. ¿Ves? Hace unos días esto era
impensable, pronto podré volver a correr para escapar.
La chica no entendía nada, había
echado a correr por el hecho de estar asustada, no sabía qué era aquella cosa
monstruosa, solo que no quería volver a encontrarse con ella.
-Pero entonces, ¿aquí tampoco
estoy a salvo?-Dijo la joven.
-En ningún lado estarás a salvo
lamento comunicarte, es por eso que no debes pararte; cuanto más te muevas,
menos posibilidad de que te atrape tendrás.-Sentenció aquel árbol, que cada vez
tenía forma más humana para la chica.
-¿A dónde voy?- preguntó entre
sollozos.
-A todas partes, olvídate de tu
destino, el camino es lo importante, las cosas y personas que encontrarás.
Debes correr, andar si estás cansada, nadar si necesitas refrescarte, gatear
cuando las fuerzas no te den para más, disfruta los momentos y lugares a los
que llegues pero acuérdate de huir un poco cada día. ¿Cuánto llevas corriendo?
-No lo sé, he perdido la noción
del tiempo al igual que me he perdido a mí misma en este bosque- gimoteó.
-No estás perdida, has llegado a
donde tenías que llegar para que te dijera lo que te tenía que decir. Ahora has
de descansar, has huido mucho por hoy y mañana será otro día de carrera.
No había entendido nada que no
fuera el “descansa”, el sueño se apoderaba de ella y la fatiga había relajado
su cuerpo, por lo que no le importó el fresco que hacía, en el momento que se
tumbó sobre aquella cama hecha de hojas, cerró los ojos y durmió.
…continuará…
venres, 13 de novembro de 2015
El conejito y el temporal
Aquel conejito sabía que la
tormenta pasaría, que lo único que podría hacer sería dejar que la poca luz que
el sol arrojaba entre los nubarrones entrase por la puerta de su madriguera.
No sabía en qué momento había
comenzado aquel temporal, si fue de golpe o si las nubes se habían ido
acumulando a los pocos, si había chispeado previamente o de repente comenzaron
a caer los calderos de agua que ahora estaban empapando su bosque. No era la
primera, ni la vigésima vez siquiera que aquello pasaba, por eso la
tranquilidad estaba de su lado; tiempo es la solución para los fenómenos
incontrolables. Todo pasa y nunca llovió que no escampara, pero reclusión en su
pequeño agujero era lo que le quedaba de momento. No podría dar brincos los
siguientes minutos, tal vez horas, incluso había llegado a vivir esa situación
durante días.
Espera
ansioso que se disipe la tormenta, aquel gazapo había aprendido que el sol
brilla con mucha más fuerza cuando consigue lucirse tras haber sido ocultado, como
si tuviera la necesidad de fanfarronear, que
las flores recién regadas se muestran bellísimas cuando las tocan los
rayos que consiguen hacerse hueco entre las nubes y van poco a poco ganándole
la batalla a la oscuridad.
El
conejito lo veía todo gris, hasta la flor más coloreada sólo parecía de
distintos matices comprendidos entre el blanco y el negro en ese momento, pero
él sabía perfectamente que aquel bosque no era así, que algo ajeno a él lo estaba
oscureciendo en su visión,sin darle siquiera la posibilidad de hacer algo por evitarlo más que dejar que pasara; la paciencia era una virtud que había ido adquiriendo a base de chaparrones, confiaba en que sería muy pronto cuando volvería a ver todos los colores escondidos, que podría saltar el arcoíris que aparece tras parar la lluvia.
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