mércores, 30 de decembro de 2015

No te pares II. Optomismo

Despertó sobre su catre de hojas, impregnada en rocío y pagando la factura del desgaste físico acumulado y la poca confortabilidad de su lecho. El esfuerzo de sus piernas cansadas se había transformado en dolor, como si cientos de cristales las hubiesen rellenado. Cuando se puso en pie se percató de que el árbol con el que había mantenido una conversación el día anterior no estaba ahí, no se sorprendió pues estaba convencida de que aquello había sido un sueño o incluso una alucinación a causa de la deshidratación y el cansancio.
Miró hacia todas partes, “¿y ahora qué?” pensó. La respuesta era evidente, tenía que ponerse en marcha, no se podía quedar allí, sola en mitad de ninguna parte, decidió que su destino lo marcarían sus necesidades, siendo agua la primordial en aquel momento, por lo que agudizó su oído para localizar de dónde provenía el sonido de agua zambulléndose en agua, allí cerca tenía que haber una cascada.
Así echó a andar, cada paso le producía dolor, pero aún tratándose de algo irreal las palabras de aquel árbol la habían marcado. Hasta que tropezó. Pensó que se había debido a un flaqueo de sus piernas, vio que su pie había chocado contra un montículo de tierra, como si algo hubiera sido desenterrado. Lo vio claro, aquel árbol no había sido una fantasía, era real, se había conseguido marchar de allí dejando un rastro de tierra removida tras él. ¿Cuánto tiempo había dormido, y cómo de profundo había tenido que ser su sueño para ni inmutarse ante los evidentes ruidos que aquel vegetal había debido generar?
Al darse la vuelta para observar mejor las oquedades evidentes a segunda vista, encontró algo brillante medio soterrado. Enganchó una pequeña barra metálica y al tirar descubrió que se trataba de unas gafas. Unas gafas espantosas, con rosados cristales tintados. ¿Serían de aquel árbol? La situación se volvería más extraña en el momento que una aguda y chirriante voz le habló.
-Tss. Tú. Menos mal que te encuentro aún aquí, hubiera incumplido la misión de esperar a que despertaras.
Ella miró hacia todos lados. El sonido provenía de lo alto, por lo que buscó otro árbol antropomorfo, y mientras su cabeza giraba continuó la vocecilla hablando.
-Aquí, detrás de ti, en la rama- medio suspiró la ardilla que pronunció esta frase.
Se cruzaron sus miradas. Siempre le habían gustado ese tipo de animalitos, aunque era la primera vez que se encontraba con uno parlante, pero tras lo del árbol era de las pocas personas que podías asegurar que la perfecta comunicación con roedores no era lo más impresionante que había vivido.
-Bueno, veo que ya te marchabas, menos mal, he estado lunas y soles aquí esperando a que abrieras los ojos y justo lo haces el día que no me pueden traer las nueces y tengo que ir yo a por ellas. Me han dejado instrucciones para ti, son sencillas; ponte esas gafas y corre.
Un animal de pomposa cola le estaba dando órdenes.
-¿Me entiendes si te hablo?- preguntó ella insegura de que aquella frase fuera a tener una respuesta.
Asintió la ardilla, mientras enganchaba la nuez que tenía a su lado con las dos manitas y le hincaba sus pronunciados incisivos.
-¿Y el árbol que estaba aquí ayer? ¿Qué son estas gafas? ¿Tú por qué puedes hablarme y entenderme?- hubiera seguido lanzando preguntas de no ser por la irrupción entre cuestión y cuestión del animal.  
-Calma, calma. ¿Eres consciente de que esta nuez triplica el tamaño de mi cerebro? Déjame procesar. Verás, ayer ese árbol ya no estaba ahí. Hace bastante que arrancó- soltó una molesta risita, adecuada para la punzante voz que tenía- dejó ahí ese regalo para ti, con el mensaje del que soy portadora de que te las pongas y corras. Lo de que podamos mantener esta conversación lo entenderás a su debido tiempo, pero resulta absurdo que me hagas esta pregunta a mí y no a un ser aparentemente carente de corazón como es un árbol.
La pedantería de aquel animal le resultaba un tanto insoportable. Pero decidió seguir el consejo. Se puso las gafas.
Descubrió un nuevo mundo, el lúgubre y sombrío bosque pasó a convertirse en un lugar digno de cuento fantasioso, donde las copas de los árboles lucían unos llamativos y vivos verdes, el suelo no era tierra, sino la más acolchada de las hierbas, podía ver flores de todos los colores ornamentando el suelo, vio hacia la ardilla y ésta tenía aspecto de dibujo animado, unos enormes y brillantes ojos negros, un par de gramos más y una cola con un aspecto más suave y mullido.
-Está todo precioso.-Fue lo que alcanzó a decir.
-De eso se trata, los cristales de esas gafas están hechos para suprimir lo malo, para mostrarte lo mejor de todo lo que a través de ellas veas. Y en este camino te hará falta; hay zonas del bosque en las que incluso con ellas puestas el miedo te invadirá, pero sin ellas sería inviable que consiguieras salir de aquí. De lo que te encontrarás luego no puedo hablarte, pues es desconocido para mí.
-Si me encanta como se ve todo… ¿pero no tengo un aspecto absurdo con ellas? ¿Y si me ve alguien?  
-Tienes puestas en la cara unas gafas que te hacen ver las cosas en su mejor forma… ¿y te va a importar lo que pueda pensar el resto?- Dijo el roedor mientras dejaba un momento de mordisquear la cáscara de la nuez.
Se sintió estúpida. Aquella ardilla tenía más sentido común que ella. Optó por no responder, no se podía permitir quedar peor ante aquella situación.
-Hazme caso te ayudarán a rebajarle dureza a la realidad, serán necesarias.
-¿Algo más que añadir antes de que cumpla el último de tus avisos?-Preguntó, ansiosa por levantar los pies y ver qué más cosas podría mejorar con aquella absurdez sobre los ojos.
-No, salvo tal vez recomendarte que no te pares; y si te paran, recuerda que en tu ayer había un árbol donde tus pies se encuentran ahora.
Miró sus pies, con aquellas gafas no se veía ni un solo rasguño. Levantó uno, en cuanto tocó el suelo el otro lo imitó, y así echó a caminar.


…continuará…

venres, 18 de decembro de 2015

Ejercicio de EMpatía

Abres los ojos, es la hora de la pastilla. Antes de levantarte hay que hacer los estiramientos de piernas pertinentes, pues como todos los días las piernas son las más dormilonas, y está demostrado que si las haces levantarse sin estar preparadas te dejan vendida, vendida y en el suelo.
Vas al baño y desayunas, siempre en ese orden, pues si no vas a estar pegando saltitos con las piernas pegadas desde que pones el primer pie en la cocina, cosa que pasa cuando el baño está ocupado. Desayunas con tranquilidad y te vistes, es la hora de ir al gimnasio, pero qué pereza, ¿no?, si ya estuviste ayer, y anteayer, y la semana pasada… da igual, el resultado si no vas repercutirá, y mucho, en las horas venideras. Antes de salir de casa acuérdate de esperar un rato y “hacer ganas” vamos, que pases por el baño si no quieres empezar a hacer deporte cargada con la bolsa del gimnasio corriendo hasta allí.
Bueno, ya estás con tu modelito chandalero, empezamos con un poco de cinta. Por suerte a primera hora hay poca gente por ahí, la gente te va a mirar preguntándose qué hace esa tía con el pedo que lleva andando en la cinta. Subimos velocidad y echamos a correr, curiosamente nos resulta más fácil los primeros minutos, pero no todo va a ser tan bonito. A medida que te cansas, tus ojos lo hacen más, se deben de aburrir de ver lo que tienen en frente y deciden reducir la producción: “con que distinga un poco las figuras y los colores le sobra”. En algún momento una de tus rodillas, o las dos, te va a dar el aviso de que vayas parando, que en cualquier momento para de trabajar también. Obviamente le haces caso y cambias de tarea tras haberte echado agua fría en nuca, muñecas y sienes, y sentarte unos minutos, por la vista calibras cuando estás listo para seguir. Continúas y te vas llevando pequeñas alegrías relacionadas con tu mejoría; que si aguantas un poco más, que si tienes más fuerza…. Acabas, estás totalmente machacado pero no fatigado, enhorabuena, objetivo cumplido. Haces el cuarto-quinto y último pis en el gimnasio y para la facultad, que el día no ha hecho más que empezar.
Llegas a la facultad tras haber usado muchas escaleras, recurso arquitectónico del que nunca te podrás fiar al 100%, sobre todo si son de bajada, tú echas un pie pero este está indeciso sobre si apoyarse en el siguiente peldaño, lo ayudas agarrándote a la barandilla para obtener un plus de seguridad, ya que hay veces que no le apetece bajar y decide dejar de existir, tu tobillo o tu rodilla no está, tu pierna pasa a ser una avanzada partida de jenga. Pasas por el baño antes de entrar al aula para no interrumpir luego la clase, esto a veces sale bien y otras no. Comienza la clase, vas atendiendo y siguiendo, estás cogiendo apuntes, pero la velocidad del profesor es siempre superior a lo que tu cabeza puede procesar, te has quedado una frase atrás de lo que está diciendo ahora, y ya no te acuerdas de cómo continuaba aquella. Dejas el bolígrafo y te pones a intentar atender solamente, ya pedirás los apuntes. A falta de 20 minutos para acabar, ring ring, te suena la alarma del servicio otra vez, haces cábalas de si aguantarás lo que queda o no, la clase está llena de gente, y te da vergüenza ser quien siempre interrumpe, sale por la puerta en plena explicación y vuelve a los 3 minutos sin la cara de angustia con la que salió; por lo que procuras aguantar y centrarte en la clase, pues cuanto más piensas en ello más ganas te entran. Al acabar la clase, pasas por el baño independientemente de si has salido o no antes, y te vas para casa. Te sientas un buen rato en el sofá hasta hacer hambre, y aprovechas para beber como si no hubiese mañana, pues llevas toda la mañana aguantándote la sed para no ir todavía más al servicio.
Te haces la comida; pescado azul, pollo, pavo o totalmente vegetal. Esto es opcional, pero si te dicen que es lo mejor procuras hacer caso a todo este tipo de cosas. Comes. Qué sueño. Toca fregar. Estás deseando tumbarte, o por lo menos estar sentado, no estar de pie delante del fregadero, pero lo haces. Visita al baño antes de marchar y de vuelta a clase, la asignatura no tendrá que ver en absoluto con la de la mañana, pero tú la vives igual. Te pierdes, deseas que acabe, te frustra el folio que tienes delante rematado con una frase a medias.
En función del día acabas a una hora o a otra, aprovechas horas huecas que tienes para ver algo los apuntes que tienes de otro año, pues con los tomados por ti no ibas a llegar lejos y menos a partir de las 5 de la tarde, cuando ya tienes que leer cada frase 3 veces para encontrarle un sentido.
Acaba la jornada de facultad. Te vas para casa, has ido al baño antes de salir obvio, pero debió tratarse de una de las famosas micciones incompletas, vamos, se ha cortado cuando solo se habían vaciado tres cuartas partes del depósito, una pequeña cantidad pero que hace sentir que está completamente lleno, falta nada para llegar a casa y de tu cabeza no sale el “no llego”, siempre acabas llegando, pero el malestar no te la saca nadie.  Bendito momento el de llegar a casa, ponerte el pijama, cenar para tomar la segunda pastilla y enganchar el sofá, llevabas desde que abriste los ojos pensando en este momento. Se ha acabado tu día, mañana será otro distinto, pero muy parecido.
Esto es lo que yo llamo la “base del día”, luego llegan los extras, ir al supermercado, poner una lavadora, ir a tomar algo, pasear al perro, escribir en el blog…
A lo mejor parece fácil; pero no, os aseguro que no.
Os animo a hacer este ejercicio de empatía, tal vez os ayude a comprender mejor que no soy vaga, ni casera, ni sosa. Que simplemente hay muchos días en los que no me da el presupuesto para añadirle extras, incluso que hay días en los que no tengo ni la masa de la base, días de comer harina a cucharadas.

                                                                               18 de diciembre, Día Nacional de la EM.

martes, 1 de decembro de 2015

No te pares I

Corría, sin parar. Su respiración ya se entrecortaba, el sudor resbalaba por su frente, las plantas de los pies presentaban heridas y rasguños; al igual que una de sus rodillas, magullada tras un tropiezo en el que topó el suelo.
No sabía cuánto tiempo llevaba huyendo a la deriva, pero sí recordaba la sombra negra que pretendía engullirla que le hizo echar a correr. Su indumentaria la delataba, no era la propia de una persona que sabe que va a tener que correr. Un camisón de papel de los que se ata a la espalda era lo que la cubría y ni tan siquiera iba calzada.
Tuvo que parar, no podía más. Sus piernas fallaban y su respiración no aportaba el suficiente aire a sus pulmones. En cuanto se detuvo se desplomó en el suelo, y desde ahí vio donde se encontraba, el sitio al que había llegado. Era un lugar desconocido, se hallaba en un sombrío bosque donde las espesas copas de los árboles impedían que los rayos de luz se adentrasen; olía a naturaleza y humedad; los ruidos que se escuchaban eran muchos aunque se acompasaban a la perfección. Parecía sin duda un lugar tranquilo y no tenía la sensación de que nada la hubiese seguido hasta allí. Tras un tiempo en el suelo recuperando el aliento, se puso en pie. Estaba totalmente perdida, no sabía cómo había llegado hasta allí, pero tampoco sabía si podía volver al lugar del que había escapado. Continuó andando, se sentía a salvo y como no sabía a donde iba lo último que tenía era prisa. Su recorrido no era un sendero marcado, se movía entre los árboles; sobre tierra, piedras y raíces.
-¡Chica! ¡Chica!- escuchó. Miró hacia todos lados, no había nadie a la vista. Se asustó, sin alarmarse, pues sabía que aquella vocecilla no provenía de lo que había estado huyendo.
-¡Aquí! ¡Yo!- Vio un árbol sacudiendo sus ramas, como si la estuviese llamando. Viéndolo así se dio cuenta de que aquel árbol no era como todos los demás, era muchísimo más bajo; su ramaje era escaso, sólo tenía dos largas ramas, una a cada lado; y en su copa se podía ver como las hojas dibujaban una cara, un femenino rostro humano sin duda.
Se acercó más al antropomorfo árbol, mirándolo de arriba abajo, analizando cada uno de sus detalles; estaba claro que aquella planta estaba más cerca de ser una persona que un árbol.
-Sé de qué estás escapando- dijo el árbol con tono comprensivo- yo también he huido de ello, me cansé de escapar y finalmente me atrapó, convirtiéndome en esto que ves, un ser anclado al suelo. Pero no, no quiero verte esa cara- añadió al ver que los ojos de la chica tornaban tristes, compasivos y asustados- he hecho muchos progresos, mira- señaló al suelo con sus ojos y le mostró como era capaz de mover sus raíces, dando unos pequeños pasos que las acercaron más-. ¿Ves? Hace unos días esto era impensable, pronto podré volver a correr para escapar.
La chica no entendía nada, había echado a correr por el hecho de estar asustada, no sabía qué era aquella cosa monstruosa, solo que no quería volver a encontrarse con ella.
-Pero entonces, ¿aquí tampoco estoy a salvo?-Dijo la joven.
-En ningún lado estarás a salvo lamento comunicarte, es por eso que no debes pararte; cuanto más te muevas, menos posibilidad de que te atrape tendrás.-Sentenció aquel árbol, que cada vez tenía forma más humana para la chica.
-¿A dónde voy?- preguntó entre sollozos.
-A todas partes, olvídate de tu destino, el camino es lo importante, las cosas y personas que encontrarás. Debes correr, andar si estás cansada, nadar si necesitas refrescarte, gatear cuando las fuerzas no te den para más, disfruta los momentos y lugares a los que llegues pero acuérdate de huir un poco cada día. ¿Cuánto llevas corriendo?
-No lo sé, he perdido la noción del tiempo al igual que me he perdido a mí misma en este bosque- gimoteó.
-No estás perdida, has llegado a donde tenías que llegar para que te dijera lo que te tenía que decir. Ahora has de descansar, has huido mucho por hoy y mañana será otro día de carrera.
No había entendido nada que no fuera el “descansa”, el sueño se apoderaba de ella y la fatiga había relajado su cuerpo, por lo que no le importó el fresco que hacía, en el momento que se tumbó sobre aquella cama hecha de hojas, cerró los ojos y durmió.



                                                                                                              …continuará… 

venres, 13 de novembro de 2015

El conejito y el temporal

Aquel conejito sabía que la tormenta pasaría, que lo único que podría hacer sería dejar que la poca luz que el sol arrojaba entre los nubarrones entrase por la puerta de su madriguera.
                No sabía en qué momento había comenzado aquel temporal, si fue de golpe o si las nubes se habían ido acumulando a los pocos, si había chispeado previamente o de repente comenzaron a caer los calderos de agua que ahora estaban empapando su bosque. No era la primera, ni la vigésima vez siquiera que aquello pasaba, por eso la tranquilidad estaba de su lado; tiempo es la solución para los fenómenos incontrolables. Todo pasa y nunca llovió que no escampara, pero reclusión en su pequeño agujero era lo que le quedaba de momento. No podría dar brincos los siguientes minutos, tal vez horas, incluso había llegado a vivir esa situación durante días.
                Espera ansioso que se disipe la tormenta, aquel gazapo había aprendido que el sol brilla con mucha más fuerza cuando consigue lucirse tras haber sido ocultado, como si tuviera la necesidad de fanfarronear, que  las flores recién regadas se muestran bellísimas cuando las tocan los rayos que consiguen hacerse hueco entre las nubes y van poco a poco ganándole la batalla a la oscuridad.

                El conejito lo veía todo gris, hasta la flor más coloreada sólo parecía de distintos matices comprendidos entre el blanco y el negro en ese momento, pero él sabía perfectamente que aquel bosque no era así, que algo ajeno a él lo estaba oscureciendo en su visión,sin darle siquiera la posibilidad de hacer algo por evitarlo más que dejar que pasara; la paciencia era una virtud que había ido adquiriendo a base de chaparrones, confiaba en que sería muy pronto cuando volvería a ver todos los colores escondidos, que podría saltar el arcoíris que aparece tras parar la lluvia.

martes, 20 de outubro de 2015

Escleroversario

Hoy no traigo una fábula, ni un cuento, ni una conclusión, ni ninguna mentira de las que acostumbro últimamente a colgar en este blog, hoy os traigo un recuerdo real. Dudo que mucha gente se acuerde de qué estaba haciendo el 21 de octubre de 2014, yo sí, estaba ingresada en un hospital, fue el día en que lo que me estaba trastocando la vida tuvo nombre, fue el día que me dijeron que tenía esclerosis múltiple.
                Entera me mantuve cuando oí su nombre, era como un cristal astillado en cientos de miles de pedazos, un cristal astillado a través del que se podía ver una silla de ruedas. La primera idea que se me pasó la cabeza, la primera idea que duró lo que a mí me pareció una eternidad. Lo siguiente que me dijeron fue que me iban a hacer una punción lumbar, fue como si una mosca se hubiese posado en aquel desquebrajado cristal y todas las pequeñas piezas que lo formaban se cayesen sin dejar rastro de integridad alguna. Comencé a llorar, creo que en mi vida lo había hecho con tantas ganas, podía saborear las lágrimas ya que necesitaba coger aire por la boca para no ahogarme; nunca había sentido que la vida pudiese ser tan injusta, jamás se me había pasado por la cabeza que eso me pudiese ocurrir a mí y sobretodo pensaba, ¿por qué yo?
                Llegaron los consuelos; que podría llevar una vida normal, que estábamos en 2014 y la medicina había avanzado mucho en este campo, que ya sabía que eso podía ser, que estaba respondiendo bien a los corticoides... . Como quien oye llover, yo seguía llorando. Ira, rabia, impotencia, tristeza… todos esos sentimientos indeseables que por fortuna solemos tener por separado, se cocían en mi interior. Sólo quería gritar y llorar, y eso estuve haciendo durante mucho rato, horas, hasta que se me acabaron las lágrimas, hasta que me escocieron los ojos. En ese momento no sabía qué hacer, estaba desahogada y ya no era capaz de seguir llorando, única medida que había tomado hasta el momento, y decidí aferrarme a las palabras que había dicho la neuróloga mientras parecía que no le hacía caso. No me las llegué a creer de todo, nunca había estudiado nada de la enfermedad, no sabía qué era exactamente, la conocía como la enfermedad de la silla de ruedas, pero pese a eso empecé a pensar en que me gustaría aprovechar al máximo todo el tiempo que me quedase.
Ahí empezó un brote distinto al que estaba padeciendo, un brote de optimismo y positividad, un brote que siguió y sigue creciendo.
Tras el tiempo que pasé llorando ningún médico se acercó a mi habitación a decirme que había conseguido disolver en agua salada la enfermedad, había que abordarla de otra manera, empecé a leer, a conocer, a aprender y por lo tanto empecé a acostumbrarme, a perderle el miedo, a volver a vivir. No fue un proceso fácil, no sabría decir cuánto fue exactamente el tiempo que me llevó, pero lo conseguí.
He aprendido mucho en el último año, dicen que los golpes son una buena manera de memorizar, las heridas y las cicatrices son una marca de las lecciones aprendidas y yo tengo una resonancia llena de ellas que avala que así ha sido.

mércores, 7 de outubro de 2015

La oruguita

-¡Bien niños! Esto es muy fácil, coged las 6 agujas de calcetar con vuestras patas útiles y comenzamos. Cogemos el hilo de seda lo enrollamos a 3 de las agujas, pasamos una vuelta bajo el nudo hecho con ayuda de la tercera pseudopata, pasamos de nuevo el hilo por la segunda aguja mientras con la cuarta pata útil pasamos el hilo por dentro del bucle…- aquella mariposa hablaba rápido, pero trabajaba aún a mayor velocidad. Había algo peor para la oruguita de la tercera fila que no ser capaz de seguir a la maestra que le habían asignado, era ver como todos los demás sí que la entendían, seguían y habían comenzado a cubrirse con la crisálida.
Sus patas eran torpes, su coordinación peor aún, su angustia no paraba de crecer; cuando se dio cuenta se encontraba rodeada de un montón de larvas. Allí estaba ella, sola. La mariposa no lo había explicado mal, ella era la única que no la había entendido y se encontraba rodeada de un montón de pruebas de que así era. ¿Por qué ella no había sido capaz?
Aún así insistió, intentó de todas las maneras posibles tejerse la cubierta. No lo conseguía. Sólo alcanzaba a hacer pequeños trozos con agujeros gigantescos, nudos que obligaban a reiniciar la labor, problema tras problema se colmó el vaso de su paciencia, soltó las agujitas y rompió a llorar sin consuelo alguno. Se alejó de allí, no quería ver el último paso de la metamorfosis de sus compañeras, ver como todas volaban mientras ella continuaba siendo un rastrero insecto. Por un alto tallo comenzó a subir, y a subir, y a subir más, hasta encontrar una hoja de su agrado y sobre ella se enrolló y continuó llorando hasta que su llanto se convirtió en sollozo, hasta que ya sin lágrimas sólo conseguía gimotear. En este momento fue cuando escuchó “Oruguita triste, ¿qué te pasa?” una voz desconocida y con un acento peculiar se dirigía a ella. Levantó su rechoncha cabecita y vio una colorida mariposa batiendo sus alas enérgicamente. Nunca había visto ninguna igual, no era de su especie, ni tan siquiera de su zona por lo que fijamente la analizó en silencio.
-¿Por qué lloras oruguita?- Volvió a pronunciar la mariposa.
-¿No es evidente? Mira en qué época estamos y cómo estoy aún, no podré volar.
-¿Quién te ha dicho eso?- Preguntó extrañada la mariposa.
-Nadie, lo sé yo.
-Estupendo, porque no debes dejar que nadie te diga  jamás que no puedes hacer algo. Sólo nos falta hacer que entiendas que ni tú misma puedes decirte eso.
Como siempre las mariposas y su pedantería, sus aires de grandeza, su falta de consideración al no entender que no todos eran como ellas.
-¿Qué sabrás tú? Déjame –dijo la oruga con un tono que mezclaba ira y tristeza.
-Sé que me llevó 3 días aprender a tejer mi crisálida, vi la transformación de mis allegados; incluso pude ver como a un íntimo amigo lo atrapaban en un bote al poco de echar a volar, mientras yo lo envidiaba por aquellos escasos aleteos que había conseguido efectuar y que pensaba que yo nunca daría. Ni tú mismo te puedes limitar.
Cambió su estado, ya no lloraba, sólo sentía admiración. Su mirada quedó fijada en la mariposa y tras poner una cara de curiosidad la mariposa se dio por aludida en que debía proseguir con su discurso.
-No sé por dónde continuar, te he contado todo ya, pero tal vez en la simplicidad de los hechos encuentres el mejor argumento. Una hora, siete, sesenta, setenta y dos, qué más da, lo importante es que al final lo conseguí, con trabajo, sudor y lágrimas lo conseguí, al igual que lo lograrás tú si no arrojas la seda.
-¿Me ayudarás?- Preguntó con una ilusionada voz la rechoncha oruga mientras sobre sus colorados mofletones los ojos le brillaban.
-Te puedo echar un ala, pero tú y sólo tú puedes crear tu crisálida. Puedo darte algún consejo, pero la labor has de ser tú quien la ejecute.
Fue así como poco a poco la oruguita tejió bajo la supervisión de aquella mariposa su traje a medida, no fue una labor sencilla, hubo momentos de debilidad, hubo lágrimas, momentos de querer abandonar, pero finalmente lo consiguió. Cuando le faltaba poco para arroparse por completo y siendo consciente de que en breves habría un periodo de letargo, agradeció a la mariposa su apoyo y ayuda, incluso le preguntó que cómo podría devolverle el favor, a lo que la mariposa replicó: - Es sencillo, nunca digas a nadie que no puede hacer algo, y sobretodo nunca te lo digas a ti mismo. Costará más o menos, pero siempre podrás. Te dejo descansar, esas alas no van a nacer sin reposo, nos vemos en tu próxima fase, oruguita feliz.

Con una sonrisa más grande que sus futuras alas consiguió acabar de cubrirse, con mucho esfuerzo y tiempo, pero lo consiguió. 

martes, 25 de agosto de 2015

La cebolla hace llorar

El otro día me sucedió algo increíble, estáis en vuestro derecho de no creer lo que ahora os voy a contar, pero espero un acto de fe.
Se acercaba la hora de hacer la comida, así que me dejé caer por la cocina a ver qué se me ocurría, al abrir la nevera en busca de inspiración una cebolla pegó un salto desde su estante y salió corriendo usando sus decenas de raíces como patitas; la puerta de la cocina estaba cerrada así que se llevó un golpe que me dolió hasta a mí y la dejó inmóvil en el suelo (desconozco si las cebollas tienen buena visión, pero tras lo ocurrido imagino que no demasiado).
Cuando reaccioné me acerqué y la cogí con la mano, entonces con una aguda vocecita comenzó a gritar: ¡déjame marcharme, suéltame humana!
Yo no daba crédito ante una cebolla que me reclamaba la libertad, asustada la lancé a la mesa y me alejé quedándome pegada a la encimera; era una cebolla, lo sé, pero si había conseguido correr y pronunciar algunas palabras no sabía de qué más sería capaz aquella hortaliza.
Observaba atónita lo que estaba ocurriendo, la cebolla se acercaba a los bordes de la mesa y hasta parecía que intentaba medir la altura de ésta.
La situación era suficiente para asumir que había perdido el norte, pero lo siguiente que hice ya fue para encerrarme en un manicomio, alcancé decir unas palabras con voz temblorosa, fueron "¿Qué haces?"
-Quiero marcharme de aquí, el tomate me lo ha contado todo.- Su vocecita tenía un tono que mezclaba tristeza y rabieta.
Yo había llegado a un punto en el que no me importaba parecer un poco más loca si cabía, por lo que proseguí con la conversación.
-¿Qué te ha dicho? ¿Es por lo de que sois comida?
-No es eso, ser comida es un orgullo para nosotros; desde que estaba en la huerta hasta que me escogiste en la frutería yo no podía parar de entusiasmarme con la idea de formar parte de un plato. Cuando se lo conté al tomate el otro día, me dijo lo que iba a pasar, que te iba a hacer llorar cuando me cortaras.
La situación ya me parecía totalmente normal y estaba empatizando con aquella cebolla.
-Lo sé -le dije- no eres la primera, debes creerme cuando digo que me valen la pena unas lágrimas, me encantas- intenté consolarla.
-Pero yo no quiero molestar, me siento mal sabiendo eso.
-No sabes cuánto te entiendo... a mí me pasa mucho, doy problemas sin querer, pero he entendido que pese a todo me escogen. Yo podría haber comprado un puerro, por ejemplo, pero aunque me puedas hacer llorar un poco es más lo que me das de lo que me fastidias.
Me acerqué a la mesa, tendí la palma de mi mano en el borde y la cebolla se subió a ella.
-No te preocupes por nada, todo va a ir bien- dije para tranquilizarla mientras con mi dedo índice la acariciaba.
-Sólo espero tener un sabor delicioso y que tus lágrimas no sean en vano- habló por última vez.
-Simplemente tienes que ser como eres, por eso te escogí en su momento. Hoy vas a acompañar a la lechuga, tú sola, sin tomates entrometidos.
Saltó de mi mano y rápidamente se colocó sobre la tabla de madera, por fin había llegado su gran día.

Imagino que todos nos hemos sentido como ella alguna vez y no hemos visto más allá de los inconvenientes que podamos dar en momentos puntuales, olvidándonos de que pese a todo muchos quieren que sigamos aportando sabor a esa ensalada que es su vida.